Capitulo 2: El profesor de historia.

El destino se puede tener alejado mucho tiempo. Pero a la larga este viene y se cobra su tributo. Siempre. Y da igual lo que hagas para intentar impedirlo.


El frió nocturno junto con las sombras fantasmagóricas que rodeaban la casa era lo único que acechaba por los alrededores de la casa en las horas previas del frió amanecer. Aun no había amanecido. Aun los cálidos rayos no habían asomado por el horizonte. Aun quedaba unas horas para amanecer, pero en el interior de la casa se podía ver luz. Movimiento. Tanto Marta y su padre se habían levantado hacía un rato. Para empezar un día más con la rutina. Marta con sus clases en el instituto y su padre Raúl con su repetitivo trabajo de reformar una casa. Los dos se levantaban de la cama sin necesidad de alarmas ni nada parecido. Y cuando se cruzaban por el pasillo del segundo piso rumbo a la cocina como todos los días levantaban la cabeza en forma de saludo, sin cruzar ni una palabra, sin hacer ningún comentario. Como todos los días. En la cocina desayunaban juntos, pero cada uno dentro de su mundo interior rodeados por sus sueños y fantasmas personales. Se habían acostumbrado a la presencia del otro, pero en raras ocasiones mantenían una verdadera conversación. Siempre era así. Siempre, sí pero antes no había sido así. Para ellos aquel tiempo había pasado en otra vida en otra era que ahora unas cortinas oscuras tapaban. El desayuno era silencioso igual que había sido la cena de la noche anterior, igual que sucedería también con la comida de aquel día, igual que siempre. Pero aun las paredes de la cocina recordaban las conversaciones de otras mañanas de Noviembre, cuando en la casa vivían no dos sino tres. La madre de Marta. En aquellos tiempos la cocina era un lugar lleno de vida e impregnado de calor humano en aquellas tempranas horas del día. Ahora la cocina estaba fría de cualquier muestra de aprecio. Este latía aprisionado dentro de los corazones de Marta y de su padre, pero la llave, la madre de Marta y mujer de Raúl había partido a las sombras un día nevado de Diciembre poco antes del día de Navidad. Su cuerpo había sido hallado tendido en medio de la nieve y la nieve que caía la había dibujado un ligero velo blanco a pocos metros de la casa. Su corazón la abandono. El corazón se había parado, aunque no sufría ninguna dolencia cardíaca anterior.
-Hoy no estaré en casa cuando llegues-anuncio el padre de Marta sin tan siquiera mover la vista de la taza de café que sujetaba en aquellos momentos y de la que se desprendía unos hilillos grises.
-Vale-dijo Marta sin inmutarse, sin preguntar nada más. Solo se permitió levantar un poco la cabeza, pero enseguida volvió su atención al bol de cereales que tenía enfrente y se metió una gran cucharada de cereales en la boca.

La furgoneta se paro a unos metros del instituto del pueblo. Se abre la puerta. Sale Marta. La furgoneta continúa su viaje dejando detrás a Marta. La joven emprende con paso calmado y tranquilo hacía el instituto. Apenas hace calor. Solo frió. Marta mira hacia arriba, hacia el cielo. Un cielo plomizo, cargado de grandes nubes. Un día perfecto pensó la joven. Le encantaba los días así. Los días oscuros y fríos. Tal vez fuese así, reflexiono la muchacha, porque aquel tiempo reflejaba su habitual estado de ánimo. Además lo encontraba relajante, se sentía en paz con aquel tiempo. Era ver aquellas nubes negras de más arriba y verse a si misma. Lo único que faltaba, pensó la joven, era un poco de lluvia para que fuera un día perfecto. El olor a lluvia. La encantaba aquel olor. La volvía loca. Bajo la vista de las nubes negras que alargaban sus contornos sobre las cabezas y los tejados de la gente y las casas. A unos pocos metros de Marta se encontraban las puertas del instituto que se abrían como fauces hambrientas por las que entraban grupos de soñolientos rostros de chicos y chicas. Uno de los rostros adormecidos hecho la cabeza hacía dónde estaba Marta. Agito una mano en cuanto vio a Marta. Se trataba de una muchacha de coletas purpuras que acababan en unas plumas rojas atadas a las puntas. El resto del pelo era negro. También negro era una mirada viva a los lados de una pequeña naricita poblada por algunas pecas. Marta la saludo con un gesto de la cabeza.
-¿Preparada para entrar a la cárcel una mañana más?- pregunto la muchacha cuando Marta estaba ya a su lado, enmarcando la pregunta con una gran sonrisa carmesí.
Marta se llevo un dedo a la sien y lo retorció simulando que apretaba un tornillo suelto. La otra joven sonrió ante aquella insinuación callada de Marta.
-Bueno, sí tal vez tienes algo de razón hoy me e pasado pintándome los labios.- Dijo con un falso deje de arrepentimiento que enseguida lo acompaño una pedorreta.- Hay que ver que marrana es la gente, ¿no crees? Marta sonrió ante la payasada de su amiga. Su única amiga. Christina. Las dos jóvenes se abrieron camino hasta el interior del instituto. Las dos jóvenes no se detuvieron en saludar a nadie y se dirigieron a su clase. Unos ojos azules enmarcados por unos cabellos castaños contemplaron a Marta entrando por la puerta de un aula. El hombre continuo andando mirando de reojo el aula por dónde había desaparecido Marta. A si que aquella joven era la hija de Raquel, pensó el hombre mientras esquivaba a un grupo de despistado alumnos que casi se golpean con él. La hija de Raquel. Se rectifico. La niña que había criado Raquel. Torció la boca al recordar en Raquel. En pensar cuanto desperdicio. Al recordar como Raquel había malgastado su vida sin explotar su autentico potencial, su autentica valía. Pero Raquel estaba ahora muerta. La muy imbécil se había opuesto a él. Había sido un error por parte de Raquel, pero había pagado por aquella insolencia. ¿Quién había sido ella para intentar impedir el destino de aquella joven a la que había criado? Raquel había elegido una vida mediocre, pero el destino le tenía reservado a Marta algo más. La muy estúpida de Raquel no lo había visto así. El hombre recordó aquella mañana de Diciembre cuando se había ocupado de Raquel. Había sido fácil, muy fácil. Un trabajo rápido y bien hecho. Su tarjeta de visita. Un solo golpecito al corazón y este había sucumbido. Un problema menos pensó, en realidad el gran problema había desaparecido. Ahora tocaba lo más fácil.
Sus pasos se detuvieron ante una puerta. Toco con los nudillos y sin esperar respuesta alguna entro. Dentro se encontraba una mesa de despacho con un montón de papeles que medio tapaban al director del instituto.
-Buenos días, usted debe de ser el director de este instituto ¿no?- dijo el hombre y sin esperar respuesta alguna del director continuo- Soy el nuevo profesor de historia- dijo sonriendo. Mostrando una hilera de afilados dientes. La boca de un depredador.

Marta rasgueaba con un lápiz una hoja de un cuaderno. Ras,ras,ras. Las letras se apiñaban en el papel cuadriculado del cuaderno. En el aula reinaba el silencio. Solo interrumpido por las explicaciones que daba una voz masculina. Las sílabas, las cadencias en la voz parecían hipnotizar a los estudiantes que oían interesados la explicación del profesor. Del profesor de historia. Del nuevo profesor de historia.
Un cuervo se poso en el alfeizar de la ventana. De pronto la voz del profesor se detuvo. El hombre miro con intensidad al ave que se había posado en el alfeizar. El animal se volvió la mirada con una pizca de inteligencia que cualquiera hubiese negado de una animal como aquel. Una inteligencia humana. ¿o algo más? Los alumnos notaron que el influjo de la voz del profesor desaparecia y miraron con curiosidad la figura del nuevo profesor. En ese momento el timbre sonó, anunciando el final de la clase.
-Os podéis marchar- dijo el docente mirando fijamente el cuervo.
Marta los contemplo a los dos embelesada. Hechizada. Cuervo y hombre. Hasta que un codazo de Christina la hizo despertar de aquel hechizo hipnótico. Las dos amigas desaparecieron por la puerta. Atrás dejaron al cuervo y al profesor. Atrás dejaron una conversación que nadie de los que había en la sala podía oír.

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