Capitulo 1: Palabras susurradas.
En ocasiones el silencio dice más cosas que el barullo de una multitud. En ocasiones el viento y el silencio nos traen grandes historias. Solo hay que prestar atención para descubrirlas entre el velo de la nada.
Era un día gris de Noviembre y por la ventana se agolpaba el penetrante frió propio de aquellas fechas. Pero aunque pareciese un triste día normal no lo era; pues si uno sabía oír en el silencio este decía que todo cambiaría. Pues el primero que se da cuenta siempre es el viento. Pero nada de aquello lo sabía la muchacha que miraba por los empañados cristales. No sabía escuchar la voz del viento. Del frió y mordiente frió. En aquellos momentos sus ojos se posaban en el horizonte, desenfocados, sin ver en realidad nada. La muchacha estaba sumida en su propio mundo ajena al mundo real que la rodeaba. Sus oídos no escuchaban los ruidos que la rodeaban. Escuchaba, sí, pero otras cosas. Escuchaban una conversación que habían escuchado aquella mañana en el instituto. Unas voces. Unas voces masculinas y femeninas hablaban con cierto desdén, como si estuviesen hablando de un bicho raro e inferior. Estaban hablando de ella. Una lágrima le recorrió por el blanco rostro rodando por unas mejillas algo coloradas. El hilillo de agua se estrello contra el suelo. Solo fueron una pequeña lágrima que desapareció en el suelo de la habitación. Sí, solo una lágrima pero la más amarga de todas. De esas que contienen en su cristalino interior el más amargo de los llantos. Lo más amargo de nuestro interior que si fuera más grande que una simple lágrima, si solo fuera un poco más grande seria lo suficientemente grande como para desgarrar el mundo que nos rodea.
De pronto se abre la puerta de la habitación. Entra un hombre arrastrando los pies. Dirige una profunda mirada de cariño a la muchacha que esta junto al cristal de la habitación. Da un paso a delante pero enseguida rectifica y se queda en el umbral de la puerta. Espera unos segundos antes de carraspear. Un carraspeo a manera de un hola. Las voces cargadas de desprecio y desdén que rodean a la joven se dispersan como el humo ante un manotazo. La joven se gira. Sus ojos pasan de ver un pasillo de instituto a contemplar la figura solitaria que se encuentra en silencio en el umbral de la puerta. Su padre.
-Ahora bajo a cenar- dice sin mucho ánimo la mucha y vuelve por un último instante sus ojos al empañado cristal que medio muestra y oculta el mundo helado de afuera. Cuando vuelve sus ojos a donde se encontraba su padre este ya no está.
La pequeña cocina estaba medio iluminado por un fluorescente que poco le quedaba ya de vida. Pero eso no parecía importarles ni a padre ni a hija que cenaban completamente en silencio, sin mirarse tan siquiera, como si el otro no existiese tan siquiera o tal vez fuera una sombra oscura con la que de vez en cuando había que convivir. Solo comían y rumiaban sus soledades. La muchacha abría y cerraba una y otra vez la boca intentando así alejar las voces que volvían una vez y otra a su cabeza. Pero apenas lo conseguía. Aquello era como lanzar un boomerang y pretender que no regresase más. Las voces martilleaban dentro de la cabeza de la joven dispersando el veneno del desprecio. En su cabeza volvió mientras partía un trozo de pan una risa masculina acompañado con una bala en forma de <<Que poquita cosa es Marta>>. La mano de la joven dejo de trocear el pedazo de pan. Se quedo totalmente quieta. Remiendo en silencio la verdad de aquella afirmación. Empapándose de todo el veneno. El padre de la joven percibió que la joven había parado y que algo la trastornaba. Detuvo el tenedor y el cuchillo y la miro a los ojos para escrutar que era lo que había hecho que su hija parase de trocear el pan. La vio callada. Pero la joven al ver los escrutadores ojos de su padre volvió a la rutina de trocear el pan y a meterse lo en la boca. El hombre no hizo nada más. No la pregunto qué era lo que la preocupaba. No le dio ningún consejo. No hablo con su hija. No sabía muy bien tratar a una joven de 17 años. Aquello siempre había sido tarea de su mujer. Pero ahora ella no estaba. Se había esfumado de sus vidas de la noche a la mañana dejando solo el recuerdo de otros momentos. Ahora solo era un fantasma que de vez en cuando proyectaba su sombra.
La luz que irradiaba la bombilla de la lámpara que descansaba en la mesilla de noche de la habitación de Marta desapareció. Y la joven cerro sus parpados intentando sumirse en el mundo de Morfeo.
El cristal de la habitación estaba completamente empañado y ocultaba y aislaba el mundo exterior.
Pero afuera unos ojos azules miraban con gran intensidad a los empañados cristales de la habitación de la joven como si fuera capaz de ver a través de estos el interior de la habitación. El viento empezó a aullar una vez más agitando los cabellos castaños al desconocido personaje de mirada azul. El extraño se dio la vuelta y se encamino a unos árboles cercanos que se encontraban a pocos metros. El viento seguía aullando y agitando los castaños cabellos del hombre. Se detuvo. Pero el viento no. El viento empezó a aullar con más fuerza como si estuviese gritándole algo aquel extraño individuo. Se empezó a dibujar una sonrisa en la comisura de los labios del hombre. Una sonrisa lobuna apareció en las frías fracciones del extraño. En ese momento el viento callo. Y la más grande de las quietudes y silencios se apoderaron del ambiente nocturno. Hasta que una carcajada la interrumpió. Una carcajada que nacía de la garganta del desconocido y que se derramaba como las aguas tumultuosas de una cascada. Reía. Y mientras lo hacía despareció entre las sombras de los arboles del bosque que le rodeaban. El juego había empezado aunque solo el extraño y el viento lo supieran.
Era un día gris de Noviembre y por la ventana se agolpaba el penetrante frió propio de aquellas fechas. Pero aunque pareciese un triste día normal no lo era; pues si uno sabía oír en el silencio este decía que todo cambiaría. Pues el primero que se da cuenta siempre es el viento. Pero nada de aquello lo sabía la muchacha que miraba por los empañados cristales. No sabía escuchar la voz del viento. Del frió y mordiente frió. En aquellos momentos sus ojos se posaban en el horizonte, desenfocados, sin ver en realidad nada. La muchacha estaba sumida en su propio mundo ajena al mundo real que la rodeaba. Sus oídos no escuchaban los ruidos que la rodeaban. Escuchaba, sí, pero otras cosas. Escuchaban una conversación que habían escuchado aquella mañana en el instituto. Unas voces. Unas voces masculinas y femeninas hablaban con cierto desdén, como si estuviesen hablando de un bicho raro e inferior. Estaban hablando de ella. Una lágrima le recorrió por el blanco rostro rodando por unas mejillas algo coloradas. El hilillo de agua se estrello contra el suelo. Solo fueron una pequeña lágrima que desapareció en el suelo de la habitación. Sí, solo una lágrima pero la más amarga de todas. De esas que contienen en su cristalino interior el más amargo de los llantos. Lo más amargo de nuestro interior que si fuera más grande que una simple lágrima, si solo fuera un poco más grande seria lo suficientemente grande como para desgarrar el mundo que nos rodea.
De pronto se abre la puerta de la habitación. Entra un hombre arrastrando los pies. Dirige una profunda mirada de cariño a la muchacha que esta junto al cristal de la habitación. Da un paso a delante pero enseguida rectifica y se queda en el umbral de la puerta. Espera unos segundos antes de carraspear. Un carraspeo a manera de un hola. Las voces cargadas de desprecio y desdén que rodean a la joven se dispersan como el humo ante un manotazo. La joven se gira. Sus ojos pasan de ver un pasillo de instituto a contemplar la figura solitaria que se encuentra en silencio en el umbral de la puerta. Su padre.
-Ahora bajo a cenar- dice sin mucho ánimo la mucha y vuelve por un último instante sus ojos al empañado cristal que medio muestra y oculta el mundo helado de afuera. Cuando vuelve sus ojos a donde se encontraba su padre este ya no está.
La pequeña cocina estaba medio iluminado por un fluorescente que poco le quedaba ya de vida. Pero eso no parecía importarles ni a padre ni a hija que cenaban completamente en silencio, sin mirarse tan siquiera, como si el otro no existiese tan siquiera o tal vez fuera una sombra oscura con la que de vez en cuando había que convivir. Solo comían y rumiaban sus soledades. La muchacha abría y cerraba una y otra vez la boca intentando así alejar las voces que volvían una vez y otra a su cabeza. Pero apenas lo conseguía. Aquello era como lanzar un boomerang y pretender que no regresase más. Las voces martilleaban dentro de la cabeza de la joven dispersando el veneno del desprecio. En su cabeza volvió mientras partía un trozo de pan una risa masculina acompañado con una bala en forma de <<Que poquita cosa es Marta>>. La mano de la joven dejo de trocear el pedazo de pan. Se quedo totalmente quieta. Remiendo en silencio la verdad de aquella afirmación. Empapándose de todo el veneno. El padre de la joven percibió que la joven había parado y que algo la trastornaba. Detuvo el tenedor y el cuchillo y la miro a los ojos para escrutar que era lo que había hecho que su hija parase de trocear el pan. La vio callada. Pero la joven al ver los escrutadores ojos de su padre volvió a la rutina de trocear el pan y a meterse lo en la boca. El hombre no hizo nada más. No la pregunto qué era lo que la preocupaba. No le dio ningún consejo. No hablo con su hija. No sabía muy bien tratar a una joven de 17 años. Aquello siempre había sido tarea de su mujer. Pero ahora ella no estaba. Se había esfumado de sus vidas de la noche a la mañana dejando solo el recuerdo de otros momentos. Ahora solo era un fantasma que de vez en cuando proyectaba su sombra.
La luz que irradiaba la bombilla de la lámpara que descansaba en la mesilla de noche de la habitación de Marta desapareció. Y la joven cerro sus parpados intentando sumirse en el mundo de Morfeo.
El cristal de la habitación estaba completamente empañado y ocultaba y aislaba el mundo exterior.
Pero afuera unos ojos azules miraban con gran intensidad a los empañados cristales de la habitación de la joven como si fuera capaz de ver a través de estos el interior de la habitación. El viento empezó a aullar una vez más agitando los cabellos castaños al desconocido personaje de mirada azul. El extraño se dio la vuelta y se encamino a unos árboles cercanos que se encontraban a pocos metros. El viento seguía aullando y agitando los castaños cabellos del hombre. Se detuvo. Pero el viento no. El viento empezó a aullar con más fuerza como si estuviese gritándole algo aquel extraño individuo. Se empezó a dibujar una sonrisa en la comisura de los labios del hombre. Una sonrisa lobuna apareció en las frías fracciones del extraño. En ese momento el viento callo. Y la más grande de las quietudes y silencios se apoderaron del ambiente nocturno. Hasta que una carcajada la interrumpió. Una carcajada que nacía de la garganta del desconocido y que se derramaba como las aguas tumultuosas de una cascada. Reía. Y mientras lo hacía despareció entre las sombras de los arboles del bosque que le rodeaban. El juego había empezado aunque solo el extraño y el viento lo supieran.

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